La psique humana es un organismo con una estructura que se regula a sí misma. Esta estructura consta de diversas partes que funcionan en pares de opuestos, donde uno regula al otro y donde la psique busca equilibrar sus energías.
El Ánimus y Ánima son dos figuras arquetipales que, junto con la máscara, el yo/ego, la sombra y el sí-mismo, conforman la estructura de la psique. Ambas figuras funcionan como imágenes anímicas ya que, representan la vida psíquica profunda, no solo como ideas o funciones psicológicas sino, como figuras interiores con cualidad de personalidad, en otras palabras, es como si otra persona completa viviera en nuestro interior con capacidad de aparecer en los sueños, fantasías proyecciones y experiencias emocionales intensas.
Para Jung la imagen anímica inconsciente está siempre representada por el sexo opuesto del individuo, es decir, para el hombre esta imagen es femenina y corresponde al Ánima y para la mujer esta imagen es masculina y corresponde al Ánimus.
Nuestra personalidad consciente, esa que actúa en el mundo exterior a través de la máscara (nuestro rol social), está compensada por una contraparte inconsciente, que en este caso es esta imagen anímica (ánimus y ánima).
Muchos analistas post-junguianos consideran al animus y anima como un todo en cada persona, es decir, que cada persona (hombre y mujer) poseen cualidades internas tanto masculinas como femeninas, por lo que es necesario considerar que la teoría junguiana está basada inicialmente en el contexto de las ideas del siglo XX y que, en todo caso, el proceso de integración consiste en aprender a diferenciar ambas energías del resto de energías psíquicas.
Estas imágenes anímicas hoy las podemos comprender más allá de la biología, apoyándonos en principios simbólicos, donde el ánima corresponde al principio simbólico de relación o Eros y el ánimus al principio simbólico de estructura, sentido o Logos, acentuando la idea de la que partió Jung, de que la psique es originalmente andrógina en su totalidad, pero con el desarrollo de la consciencia o del YO de manera unilateral, una parte de la personalidad queda relegada hacia el inconsciente y es ahí donde surgen estas imágenes o arquetipos activando su función compensatoria.

Proyección del Ánimus y Ánima.
Ánima y ánimus son factores proyectivos igual que lo es la sombra, sin embargo, la sombra representa al inconsciente personal por lo que está más cerca de la consciencia y con ello se tiene acceso a ella con más facilidad. No así con los contenidos del ánimus y ánima, que pertenecen al inconsciente colectivo y por lo tanto están mas alejados de la consciencia. Cuando estas imágenes se proyectan por lo general dicha proyección cae sobre el sexo opuesto en mutua correspondencia.
Estas imágenes son patrones universales que representan lo femenino y masculino de toda la humanidad, por lo tanto, sus contenidos terminan siendo ideales arquetípicos. Esta imagen o arquetipo tiene la función de guiarnos hacia las partes más inaccesibles del inconsciente y nos prepara para en encuentro con el sí-mismo.
Ánima.
Desde la teoría junguiana el ánima es el aspecto femenino del hombre, pero recordemos que hoy día podemos mirarlo como la energía femenina de manera general, tanto para hombres como para mujeres en caso de que, dentro del proceso se quieran trabajar estas energías particularmente.
En este punto desarrollaremos el ánima como el aspecto femenino del hombre, la cual es tanto un complejo personal como una imagen colectiva arquetípica de lo femenino en la psique masculina.
El ánima en el hombre se termina de conformar en la adolescencia y él termina siendo totalmente fiel a esa imagen, es decir a la imagen interiorizada que luego proyectará en cada mujer que haga de soporte de proyección.
El ánima corresponde al principio del Eros, que es lo unitivo o relacional y existe como la imagen de la madre, la hija, la hermana, la amada, la diosa celestial y la diosa infernal y esta corresponde a la realidad más profunda del hombre.
Ella representa la lealtad, a la cual el debe a veces renunciar en beneficio de la vida; ella es la muy necesaria compensación por los riesgos, esfuerzos, sacrificios que terminan en desilusión; ella es el consuelo de todas las amarguras de la vida y al mismo tiempo, es la gran ilusionista, la seductora, que lo arroja a la vida con su Maya – y no solo a los aspectos razonables y útiles de la vida, sino a sus terribles paradojas y ambivalencias donde el bien y el mal, el éxito y la ruina, la esperanza y la desesperación se contrapesan entre sí, ya que ella constituye su mayor peligro, ella exige lo mejor del hombre, y si él lo posee, ella lo recibirá.
Carl Jung.
Tal como Jung menciona, el ánima es una paradoja, una figura o imagen llena de contradicciones y a la que muchas veces el hombre no puede hacerle frente; el hombre proyecta lo femenino sin darse cuenta que lo femenino le pertenece a él.
La primera figura donde el hombre proyecta su ánima es en su propia madre, donde inicia un drama inconsciente de dependencia y se forman dinámicas o patrones que impiden la separación de las energías psíquicas.
Todos anhelamos volver al mundo de la madre simbólico, ese lugar primordial donde nos sentíamos cuidados, ese lugar que para cada uno significa el paraíso, sin olvidar que nuestra madre representa nuestro primer amor y nuestras primeras ideas vinculares, sin embargo, la permanencia por un tiempo prolongado en dicho lugar, lleva a un estancamiento en la personalidad.

Estas dinámicas de dependencia con la madre, llevan al hombre a desconfiar de su propia capacidad y perseverancia, y cuando el ánima está fuertemente constelada, es decir, cuando el ánima es quien posee la personalidad o el YO, debilita el carácter del hombre volviéndolo quisquilloso, irritable, vanidoso, caprichoso e inadaptado, todos aspectos que caracterizan la energía femenina.
El hombre, para lograr la separación con el mundo de la madre y para lograr madurar, tendrá que traicionar o ser infiel a la figura de la madre, siendo ésta la única vía para que su ánima se desprenda del mundo maternal y se convierta en una imagen propia o individual.
Cuando el ánima aún no es diferenciada en la personalidad del hombre, el hombre vive adherido a las imágenes o energías inconscientes, siendo estas últimas las que dirigen al YO.
Cuando el hombre logra diferenciar su ánima a través de pruebas, terapias y observación suficiente, a modo de hacerlo consciente, ésta toma el carácter de feminidad superior y está relacionada con la masculinidad más alta del héroe.
Carl Jung.
Para la autora Marie Louis Von Franz, discípula de Jung, existen cuatro etapas en el desarrollo del ánima del hombre:
- La primera etapa está simbolizada o corresponde con la imagen de Eva: representa relaciones puramente intuitivas, biológicas y maternales. En esta etapa el ánima todavía no esta diferenciada de la madre personal y las mujeres son percibidas como cuidadora, madre o fuente de vida. Para el hombre, en esta etapa, el amor esta ligado a la seguridad, alimento, protección y dependencia emocional, por lo que tienden a buscar mujeres que les cuiden o contengan emocionalmente, también tienden a idealizar a la mujer como “la que sostiene la vida”.
- La segunda etapa corresponde a la imagen de Helena de Troya: simboliza el amor romántico, estético y la fascinación por la belleza femenina, pero sigue estando determinado por los elementos sexuales de carácter ideal, es decir, la mujer como objeto de amor, deseo e inspiración estética. Helena de Troya simboliza esa belleza que provoca guerras y transforma el destino de los hombres.
- En la tercera etapa está representada por la Virgen María: es una figura que eleva el amor (eros) hacia alturas de devoción espiritual y tiene la función de mediadora espiritual. Esta tercera etapa se distingue por la capacidad para mantener relaciones duraderas. El hombre empieza a percibir en la mujer una dimensión sagrada y trascendente, por lo que desarrolla un respeto profundo hacia lo femenino y descubre la dimensión simbólica del amor.
- La cuarta etapa está simbolizada por la Sapiencia, la Sabiduría o Sofía (llamada sabiduría en la biblia): esta imagen trasciende incluso hasta lo más santo y puro. En esta etapa el ánima funciona como una guía interior, llevando a la consciencia los contenidos inconscientes. Además, coopera en la búsqueda de significado y se convierte en la musa creativa en la vida de un artista. El hombre y no proyecta su ánima sino que esta se convierte en la mediadora con lo inconsciente y portadora de significado. En esta etapa lo femenino interior conecta al hombre con el sí-mismo.
Cuando el hombre esta tomado o poseído por su ánima, no solo está sensible o irritable, sino que queda identificado con estados emocionales fluctuantes, fantasías o reacciones afectivas desproporcionadas, donde puede pasar del entusiasmo a la tristeza, de la idealización a la decepción o de la inspiración al desánimo de maneras muy abruptas.

Cuando es el ánima quien dirige la personalidad del hombre, este puede tener mayor sensibilidad al rechazo, a la crítica o a los comentarios de otros. En ocasiones puede tener una actitud de susceptibilidad emocional, como si el mundo exterior afectara constantemente su estado interno. También puede crear fantasías de idealización de mujeres o imaginaciones románticas, donde las relaciones se convierten en el escenario perfecto para proyecciones intensas que luego terminan en decepción.
Otras características que podemos observar en aquellos hombres tomados por su ánima son: la dependencia emocional, donde el hombre puede sentir que necesita a una mujer para sentirse completo; irracionalidad con discusiones cargadas de emocionalidad; manipulación y relación ambivalente con lo femenino donde el hombre idealiza o muestra resentimiento hacia las mujeres.
Para que el hombre pueda integrar su ánima, además de separarse del mundo materno, también tiene que reconocer su vulnerabilidad, conocer y transitar su mundo emocional incluyendo todo el espectro de emociones, aprender a cuidar de sí mismo, expresar su sensibilidad y aceptar que no todo depende de la lógica o la razón. Recordemos que lo femenino también es el inconsciente, las aguas profundas, por lo que el conocimiento de sus profundidades es esencial en el proceso de integración.
Ánimus.
En este punto desarrollaremos la figura del ánimus como el aspecto masculino de la mujer, pero en sí representa la energía masculina tanto en hombres como en mujeres.
El ánimus corresponde al principio del logos y funciona en la mujer, como una mente inconsciente y contiene todas las experiencias ancestrales colectivas de los hombres a través de la historia.
La primera figura donde la mujer proyecta su ánimus es en su padre o el cuidador que hace de figura paterna, siendo este el primer portador, es allí donde la mujer organiza la imagen del principio masculino. Luego en la medida en que la mujer se relaciona con el mundo esa imagen se proyecta en otras figuras masculinas como maestros, parejas, lideres u hombres con autoridad.

En una mujer, el animus se manifiesta en ideas fijas, opiniones colectivas e inconscientes y las plantea como verdades absolutas.
Cuando una mujer esta tomada o poseída por la energía del ánimus tiende a perder su feminidad, se polariza hacia la energía masculina primitiva de hiperproductividad y agresividad. Por lo general, si la energía del ánimus no logra integrarse, la mujer vive a merced de los distintos cambios que éste provoca, además socialmente, la mujer lucha por lograr un lugar en el mundo, pero queriéndose igualar a los hombres, sin comprender que no somos iguales y no partimos de los mismos principios psíquicos. Y esto no significa que la mujer no pueda ocupar cargos que años atrás solo ocupaban los hombres, se trata de equilibrar e integrar las energías y encontrarle un lugar significativo en el mundo.
El ánimus es la mente y se desarrolla en la mujer a través de la actividad intelectual y espiritual, de no ser así el ánimus se convierte en autónomo, con tanta fuerza que puede avasallar al ego consciente, llevando a la mujer a estados de frustración, depresión e insatisfacción. Un ánimus negativo secuestra la personalidad de la mujer dejándola sin un sentido o dirección en el mundo.
Cuando la mujer proyecta su ánimus, esta espera que el hombre que sostiene la proyección, cumpla con la parte intelectual, con la parte funcional en el mundo físico y que además cumpla sus sueños. Cuando esto no ocurre, la mujer se decepciona del hombre sin darse cuenta, que lo que proyecta es un ideal imposible de alcanzar. En esta posición la mujer queda sin poder establecer relaciones saludables.
Emma Jung en su maravilloso escrito sobre La naturaleza del ánimus dice lo siguiente:
Si la posibilidad de la función espiritual no es asumida por la mente consciente, la energía psíquica destinada para ella, cae en el inconsciente y allí activa el arquetipo del ánimus. Poseída (la mujer) por esa energía que ha fluido de regreso al inconsciente, la figura del ánimus se torna autónoma, tan poderosa que puede aplastar o abrumar al ego consciente y finalmente dominar la personalidad toda.
Para Emma Jung el ánimus o principio masculino tiene cuatro expresiones, que reproducen el significado griego del logos y que a su vez corresponden al desarrollo en etapas del ánimus en la mujer:
- La primera expresión o etapa sería el Poder o voluntad: esta es la etapa más primitiva del ánimus y está ligada a la fuerza corporal, la energía instintiva, la potencia física y la supervivencia. Lo masculino se puede manifestar como fuerza bruta, protección o dominio. En esta etapa las mujeres pueden sentir una atracción intensa hacia los hombres físicamente fuertes o dominantes, idealizando su parte corporal por su necesidad de sentirse protegida.
- La segunda expresión o etapa es la Acción: en esta etapa el principio masculino ya no es solo fuerza, sino que tiene la capacidad de hacer, conquistar, ejecutar y lograr objetivos. Puede manifestarse por la atracción de hombres exitosos o líderes, pero se tiende a idealizar los logros y el reconocimiento social. Si la mujer esté en proceso de integrar el propio ánimus, cesa la proyección en los hombres y es ella quien ejerce la acción.
- La tercera expresión o etapa es la Palabra: aquí el ánimus evoluciona a un plano mental y representa concretamente al logos en cuanto a su capacidad de pensamiento, argumentación, estructura conceptual y autoridad intelectual. La mujer, en esta etapa, se fascina por hombres inteligentes y busca cierta validación a través de las ideas, sin embargo, en su aspecto negativo las opiniones tienden a considerarlas como verdades absolutas que por lo general contienen poca o nula reflexión.
- La cuarta expresión o etapa es el Significado: esta es la forma más elevada del ánimus, donde el principio masculino se convierte en mediador del sentido sin imponer ni dominar, sino que pasa a ser un guía. En este punto el ánimus se manifiesta como la necesidad de búsqueda interior auténtica, desarrollando dones de sabiduría, discernimiento profundo, capacidad de sostener la palabra con consciencia y la integración entre acción y reflexión.
Para que una mujer pueda integrar su ánimus, primero tendrá que hacerse consciente de él, observándolo principalmente en sus propias opiniones rígidas, críticas internas, juicios absolutos o en su necesidad de siempre tener la razón. También será necesario cuestionar sus opiniones automáticas que le ayuden a desarrollar un pensamiento propio, ya que el animus negativo suele hablan a través de verdades incuestionables, por lo tanto, integrarlo implica poder reflexionar, desarrollar el discernimiento y actuar en coherencia.
Ánimus y Ánima como figuras relacionales.
Como ya hemos mencionado ánimus y ánima son figuras proyectivas que se activan en relaciones significativas. Son figuras que facilitan o impiden las relaciones, pero no todas las relaciones que tenemos activan o movilizan aspectos inconscientes.
Para que estas figuras se activen se necesitan tres elementos:
- Carga emocional: son relaciones que provocan emociones intensas donde están incluidas la idealización, fascinación atracción inexplicable o rechazo intenso,
- Proyección Psicológica: es cuando los contenidos de ánimus y ánima no están integrados y se proyectan en otras personas y por lo general percibimos al otro con características que exceden a la persona real.
- Activación Simbólica: cuando el otro hace de portador de la imagen, es decir que lo empezamos a ver como un salvador, un guía, una musa. En otras palabras, la figura encarnada.
Cuando ánimus y ánima se encuentran, la primera dinámica que se activa es la familiar padre/madre, por lo tanto, cada una de las relaciones de pareja que existen, es la dinámica universal relacional que existe desde tiempos inmemoriales. Cada relación es la repetición arquetípica y por lo tanto instintiva de la humanidad.

Cuando hombre o mujer están dominados o poseídos por su ánima y animus, no hay un Yo que dirija la personalidad consciente y esto impide tener una relación real fluida o agradable, porque lo que prevalece es la necesidad de tener la razón.
Estas figuras arquetípicas no solo las encontramos a través de lo otros o de manera vincular, sino que las podemos encontrar en nuestros sueños, a través de nuestra creatividad o proyectos creativos, en crisis existenciales, en el trabajo psicológico, en experiencias espirituales y la imaginación activa, todo depende de nuestra relación con el inconsciente.
Cuando están integradas estas imágenes se convierten en el puente entre consciencia e inconsciente y mediadores entre el ego y el sí-Mismo.
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-Cheryl.
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